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TURBAS FRENTE AL CONGRESO
José Toro Hardy



Los representantes del pueblo se encuentran reunidos con el objeto de tratar un asunto de extrema gravedad: Los Parlamentarios han decidido enjuiciar al Primer Magistrado. Por toda Caracas se riega como pólvora el rumor de que el Congreso está listo para deponer constitucionalmente al Presidente. La mayoría coincide en que el Mandatario ha violado la Constitución.

Mientras tanto, el Presidente no está de brazos cruzados. Ordena convocar al pueblo para que lo defienda. Las turbas comienzan a aglomerarse a las puertas del Congreso, acusando de oligarcas a los miembros de la oposición. Desde el día anterior, el Jefe del Ejecutivo había ordenado también poner en ejecución los planes militares previstos para casos como este. Las fuerzas que lo respaldan se hallan congregadas, listas para actuar, en los alrededores de Caracas.

Por otra parte, el Presidente teme que las fuerzas que defienden a la oligarquía intenten derrocarlo. Decide organizar milicias armadas para actuar en el momento en que se considere necesario. Caracas entera se estremece frente a la ola de rumores que circulan entre la población.

Grupos de milicianos armados por el Gobierno se presentan frente al congreso La muchedumbre crece por momentos en la esquina de San Francisco. Al grito de “mueran los oligarcas”, la turba está cada vez más enardecida.

Se presenta entonces el Ministro del Interior a traer un mensaje del Presidente. Cumplida su misión, el funcionario se prepara para retirarse, cuando algunos parlamentarios lo detienen y le piden permanecer en el recinto, exigiéndole además que haga venir a algunos de sus colegas del Gabinete Ejecutivo para que informen al Congreso acerca las medidas de seguridad adoptadas por el Ejecutivo para preservar el orden público y garantizar la inviolabilidad e independencia del Poder Legislativo.

Afuera, se corre la voz de que el Ministro ha sido detenido. Los ánimos del populacho aglomerado en San Francisco se caldean cada vez más, mientras que dentro del recinto parlamentario los congresistas se hacen eco de un rumor que afirma que el Presidente ha ordenado a la turba y a sus soldados invadir al Congreso para arrasar con la oposición.

Un representante del partido del partido de gobierno comienza a repartir distintivos entre los afectos al Presidente. Se dice que la turba, agrupada en San Francisco, aguarda la salida de los Parlamentarios para atacar y matar a aquellos que no porten el distintivo.

Uno de los parlamentarios, conocido por su labor periodística, alza la voz tratando de leer una carta del líder de la oposición, quien insta a los miembros del Congreso a morir como espartanos.

Comienzan entonces los primeros forcejeos a la entrada del Parlamento. El pueblo aglomerado a las puertas del recinto legislativo, declara de manera cada vez más estridente su odio hacia la oligarquía y su apoyo al Presidente. Finalmente, deciden forzar la entrada al Parlamento.

Los guardias del Congreso, se ven entonces en la necesidad de repeler a la turba, la cual responde con una lluvia de piedras. Viéndose agredidos, los guardias disparan sus armas. La muchedumbre se enardece aún más y pelea con todo lo que tiene a la mano: garrotes, piedras, puñales. Un grupo corre a buscar las armas que le ofrecen algunos allegados al Gobierno. Con ellas, abren fuego contra los guardias del Parlamento. Se producen los primeros muertos y heridos en ambos bandos.

Dentro del recinto del Congreso, los ánimos están cada vez más caldeados. Afuera, se escuchan los disparos de fusiles. Uno de los parlamentarios le grita al Ministro del Interior: “¡Malvado!. Este es el fruto de tus doctrinas”. Otro dirige su arma contra el funcionario, diciéndole: “Si los asesinos entran por la puerta, usted será la primera víctima”. Algunos parlamentarios de la oposición tratan de detenerlo y le gritan: “No ensucie usted este salón con la sangre de un canalla”.

Algunos deciden obligar al Ministro a que informe de lo que está ocurriendo al Ejecutivo. Forzado a complacerlos, el Ministro del Interior comunica al Presidente que es necesario calmar tan horribles acontecimientos. Arrecia cada vez más el escándalo. Los representantes comienzan a buscar salidas para salvarse, otros están convencidos de que ha llegado su última hora y se encomiendan a Dios. Muchos se precipitan por las escaleras, por las ventanas y por los tejados. En las puertas del recinto, la guardia continúa enfrentándose con el populacho y con las milicias gubernamentales armadas.

Algunos logran ver que la turba arremolinada a las puertas del Congreso está siendo dirigida, arma en mano, por un miembro de la fracción gubernamental. Mientras tanto, los congresistas de la oposición intentan escapar despavoridos. Afuera los aguarda la muchedumbre que literalmente los envuelve en su oleaje.

La tragedia no se hace esperar. Tres parlamentarios y varios ciudadanos caen muertos en el acto a las puertas del Congreso. Uno de ellos queda gravemente herido a causa de una puñalada. Sin embargo, logra huir y refugiarse en la Delegación Británica, pero poco después muere a causa de la herida recibida. Otros parlamentarios logran refugiarse en varias delegaciones de países amigos.

Finalmente, cuando la tragedia ya ha concluido y se están recogiendo los cadáveres, hace su aparición el Presidente de la República.

Aquí, me veo forzado a detenerme. Aunque todo lo narrado luce como acontecimientos que bien pudieran ocurrir en la Venezuela de hoy en cualquier momento, en realidad me estoy refiriendo a sucesos que efectivamente tuvieron lugar en Caracas el día 24 de enero de 1848.

Creo que es importante recordar los sucesos antes descritos, pues estoy convencido de que la historia tiene una terca tendencia a repetirse. Las circunstancias de aquel entonces y las actuales se presentan extrañamente parecidas y, aunque se trate de una época distinta, ya que desde aquellos sucesos ha transcurrido más de siglo y medio y desde luego estamos hablando de protagonistas diferentes, por increíble que parezca, las pasiones e ideas enfrentadas son asombrosamente similares. En aquel entonces, el Presidente había incitado al odio de clases y la oposición estaba persuadida de que el Primer Magistrado había violado la Constitución. El diálogo se hacía imposible.

El Presidente de la República al cual me he venido refiriendo era José Tadeo Monagas, quien había ganado las elecciones en 1846. Venezuela se hallaba desgarrada por el enfrentamiento entre liberales y conservadores. De hecho, Monagas había alcanzado la Primera Magistratura gracias al apoyo de los conservadores; sin embargo, decidido a formar a toda costa un partido personalista e incondicional, Monagas optó por gobernar con los liberales que tenían mayor acogida popular.

El entusiasmo que los liberales habían logrado despertar en el populacho se lo debían a una de las figuras más controvertidas de la historia de Venezuela: Antonio Leocadio Guzmán. Se trataba de un hombre con una ambición desmedida y de uno de los mayores demagogos que ha conocido las páginas de nuestra historia, pero, a la vez, era un tribuno excepcional que sabía tocar las fibras más íntimas del populacho y despertar en ellos las pasiones y los temores más primitivos. Había sido también el fundador del partido liberal, poco después de separarse Venezuela de la Gran Colombia.

Cuando José Tadeo Monagas triunfa en las elecciones de 1846, Antonio Leocadio Guzmán respondía ante los tribunales por un crimen que se castigaba con la muerte. Estaba siendo acusado como principal autor de una conspiración para promover una revolución política y social, para lo cual excitaba las pasiones populares y sembraba el odio de clases. Inspirados por sus palabras, sus partidarios cometían todo tipo de tropelías.

Antonio Leocadio Guzmán es condenado a muerte en junio de 1847. En la sentencia de la Corte se explica extensamente la responsabilidad de Guzmán, quien como redactor del periódico “El Venezolano”, había incitado el odio entre gran parte de los ciudadanos.

Por cierto, entre los seguidores de Guzmán se encontraba otro personaje que pocos años después habría de alcanzar una trágica relevancia en la historia de Venezuela. Se trataba de un bodeguero de Villa de Cura. A pesar de su rudimentaria instrucción, era un hábil comerciante, que entre otras cosas traficaba con esclavos. Me refiero a Ezequiel Zamora, quien deslumbrado por las ardientes palabras de Antonio Leocadio Guzmán, decide hacer la guerra contra los godos, rodeándose de algunos de los hombres más violentos y sanguinarios de su época. Sus principales lugartenientes, todos conocidos con sobrenombres tales como “El Agachao”, “El Indio”, “Caimán”, “Mapanare”, “Cascabel” y otros, lo acompañan en sus sanguinarias tropelías. Finalmente, el 26 de marzo de 1947, Zamora es capturado y condenado a muerte por un Tribunal de Villa de Cura.

Con la intención de ganarse la buena voluntad de los liberales, José Tadeo Monagas conmuta la pena de muerte tanto a Antonio Leocadio Guzmán como a Ezequiel Zamora. Al primero, se le condena al exilio, que por cierto no habría de durar mucho tiempo y al segundo, Monagas lo pone a su servicio en sus milicias, al mando de un batallón.

Desde la Presidencia de la República, Monagas procede a sustituir las principales figuras Conservadoras de su gabinete ejecutivo, por personjes del partido Liberal. Entre ellas Tomás José Sanabria, a quien designa como Ministro del Interior.

Mientras tanto, la prensa Conservadora, que ahora estaba en la oposición, censuraba agriamente los actos del Gobierno. Detengámonos en algunas de las denuncias que se presentaban en su contra:

Se acusaba a Monagas de cercenar la autonomía de las Provincias, nombrando Gobernadores y otras autoridades de un modo inconstitucional. Se le acusaba también de designar altos funcionarios públicos sin ninguna capacidad ni mérito, como no fuera el de haber acompañado a Monagas en sus aventuras revolucionarias. Se le acusaba de aumentar y manipular al ejército para sus fines personales y de remplazar a los oficiales de mayor capacidad, por otros cuyo único mérito era el de ser incondicionales del Presidente. Se le acusaba igualmente de no velar por el manejo de las rentas y de amparar a los corruptos.

De hecho, en 1847 se produjo un tremendo escándalo al descubrirse un gran desfalco de más de 48.000 pesos en la Aduana de La Guaira. En fin, se acusaba a Monagas de actuar de manera autoritaria, violando la Constitución de la manera más descarada, así como de distorsionar la interpretación de sus artículos para adecuarlos a las conveniencias de su Gobierno.

A tanto llegó la disputa entre los Conservadores de la oposición y los Liberales del Gobierno, que a fines de 1847 parecía inminente una confrontación armada entre los dos bandos.

Ya para ese momento, el jefe de los liberales era desde luego el propio José Tadeo Monagas, en tanto que el líder de los Conservadores era el General José Antonio Páez.

Las circunstancias descritas eran las que imperaban cuando el 23 de enero de 1848 se instala el Congreso. El asunto de mayor importancia a tratar era el juicio contra el Presidente. La mayor preocupación eran las amenazas que surgían contra los parlamentarios producto del autoritarismo de Monagas.

Al día siguiente, el 24 de enero de 1848, se producen los acontecimientos a los cuales hice referencia en la primera parte de este programa. Caracas se había vuelto un hervidero de rumores. Todo el mundo sabía que el Congreso se disponía a deponer constitucionalmente al Presidente.

Monagas convoca al pueblo para que lo defienda. Las turbas se aglomeran a las puertas del Congreso. El Presidente congrega las milicias en sitios estratégicos, cercanos a Caracas, listos para actuar en caso de que fuese necesario.

Al grito de “mueran los oligarcas”, la muchedumbre cada vez más enardecida, acompañada por grupos de milicianos armados, amenaza a los parlamentarios de la oposición Conservadora.

Bajo tales circunstancias, se presenta en el Congreso Tomás José Sanabria, Ministro del Interior. Cuando se dispone a partir, el Vicepresidente de la Cámara, José María Rojas, le pide que permanezca en el recinto y que haga venir a otros Ministros para que informen al Congreso en relación con las medidas adoptadas por el Ejecutivo para preservar el orden público y garantizar la seguridad del Poder Legislativo.

Afuera se corre la voz entre la turba, de que Sanabria ha sido detenido. Los ánimos se enardecen. El mensaje de odio en contra de la oligarquía conservadora estaba dando sus frutos. Dentro del recinto Parlamentario se dice que Monagas ha dado instrucciones para que la turba invada el Congreso y arrase con la oposición.

Mientras tanto el parlamentario liberal Jerónimo Pompa distribuye cintas amarillas entre los miembros liberales de la Cámara. Se dice que se le había dado instrucciones a la muchedumbre de matar a los parlamentarios que no porten aquel distintivo.

La turba enfurecida decide forzar su entrada al Congreso. La Guardia del Congreso, encabezada por el coronel Smith les impide la entrada. Se producen los primeros disparos y caen las primeras víctimas.

Mientras todo esto ocurre, Juan Vicente González trata de tomar la palabra para leer una carta de Páez en la cual recomienda a los representantes “morir en sus curules como los senadores romanos”.

Fuera del Congreso, un grupo corre a armarse al cuartel de donde incluso traen un cañón que colocan frente a las puertas del edificio. Los acompaña el Teniente Ibarra, afecto al Gobierno, quien junto con el representante liberal Jerónimo Pompa, dirige las operaciones.

Dentro del recinto, Cristóbal Mendoza, del ala conservadora se dirige al Ministro del Interior y le dice; “¡Malvado!. ¡Este es el fruto de tus doctrinas!”. José María Rojas, vicepresidente de la Cámara baja, toma un puñal y amenaza a Sanabria, Ministro del Interior, a quien espeta: “Si los asesinos entran por la puerta, usted será la primera víctima”. Santos Michelena se interpone alegando: “No ensucie usted este salón con la sangre de un canalla”. Antonio José de Sucre, sobrino del Gran Mariscal de Ayacucho, amenaza también a Sanabria con una bayoneta.

Todos corren por sus vidas. Afuera, los aguarda la muchedumbre, resumando odio contra la oligarquía conservadora. La turba liberal envuelve a los parlamentarios que huyen y allí mismo mueren los Representantes José Antonio Salas, Juan García y Francisco Argote. Santos Michelena cae gravemente herido por una puñalada, pero logra incorporarse y llega a la Delegación Británica, donde se refugia. Pocos días después muere a causa de su herida.

Al concluir estos acontecimientos, los liberales se reúnen para celebrar su triunfo junto con el Presidente Monagas. Todos piensan que la confrontación armada en contra de los Conservadores encabezados por José Antonio Páez resulta ahora inevitable. Comienzan a preparase los planes bélicos.

Solo una figura permanece callada en medio de tanta algarabía. Se trata de Diego Bautista Urbaneja, Vicepresidente de la República. Monagas le pregunta su opinión, ante lo cual Urbaneja, que era un hombre prudente y sensato, le aconseja abandonar los planes de confrontación. “Hay que procurar por todos los medios posibles volver a reunir el Congreso para reanudar, siquiera en apariencia, el régimen constitucional”, aconseja el Vicepresidente. Urbaneja, el partidario de propiciar el diálogo.

Monagas político astuto, comprende de inmediato las ventajas de la propuesta de Urbaneja. Esa misma noche, el Presidente le escribe a Páez, pidiéndole que le ayude a “salvar la patria”. Al día siguiente, el 25 de enero, se empeña en juntar a los desperdigados miembros del Congreso. Muchos se encuentran asilados en Delegaciones Extranjeras.

Los más influyentes, Fermín Toro, José María Rojas y Nadal se niegan, porque consideran que el Congreso ya ha sido violentamente disuelto por el Gobierno. A Monagas, le resulta pues difícil reunir el quórum en la Cámara de Representantes.

Valiéndose de lisonjas y amenazas y quien sabe de que otro tipo de ofertas, el Presidente de la República logra finalmente su objetivo. Así, el 25 de enero de 1848, apenas un día después de los trágicos sucesos narrados, se vuelven a instalar las Cámaras del Congreso. La mayor parte de los parlamentarios Conservadores habían terminado pues por arrodillarse temerosos ante el todopoderoso Monagas, a quien nunca más se habló de enjuiciar.

Sin embargo, una figura de talla pequeña pero de inmensa estatura moral, se enfrenta a las intenciones autoritarias del Presidente Monagas. Se trata de Fermín Toro. Cuando tratan de forzarlo a que se incorpore a las reuniones del Congreso, levanta su voz firme para afirmar: “Decidle al general Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye”.

Una vez más se reúnen los jerarcas liberales en casa de Monagas para regocijarse del triunfo que habían alcanzado. Lucio Pulido, quien fue testigo de aquellos acontecimientos, comenta en su obra “Recuerdos Históricos”, las palabras que esa noche le escuchó al Presidente José Tadeo Monagas: “La Constitución sirve para todo”.

Venezuela llegaría a pagar un alto precio por aquellos acontecimientos del 24 de enero de 1848 y por la falta de firmeza de muchos congresantes, que por temor o por interés, se plegaron a los deseos de Monagas.

No habrían de transcurrir muchos años antes de que estallase la Guerra Federal en la cual algunos estiman que murieron entre 200.000 y 300.000 venezolanos. Los odios de clases que supo despertar Antonio Leocadio Guzmán, el cinismo y autoritarismo de José Tadeo Monagas y las acciones sanguinarias de los hombres de Ezequiel Zamora, quien según Guillermo Morón no era más que era un bandido, condujeron a la patria hacia aquellos hechos terribles.

Ojalá que Venezuela no tenga que vivir nunca más tragedias como aquellas. Pero repito, la historia tiene una terca tendencia a repetirse. Ojalá que los venezolanos sepamos sacar alguna lección de aquellos acontecimientos del 24 de enero de 1848. De lo que hemos conversado hoy, pido a ustedes, amigos televidentes, que recordemos las posiciones asumidas por los dos personajes claves de los sucesos narrados.

Primero, la posición de Fermín Toro, quien con dignidad y valentía se enfrenta al todopoderoso Presidente: “Decidle al General Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye”. Ojalá que la patria cuente todavía con hombres como el. Ese tipo de hombres, firmes y rectos, podrían ahorrarle a Venezuela la tragedia de una nueva guerra civil.

Pero también debemos recordar la posición de Monagas, quien encumbrado en su olimpo de autoritarismo y sintiendo que las leyes no eran más que un instrumento que podían ser adecuadas y manipuladas de acuerdo con sus conveniencias, pronuncia aquella cínica frase, indigna de un gobernante y que la historia nunca le perdonará: “La Constitución sirve para todo”.

Saquen ustedes sus propias conclusiones. Si ni Dios lo quiera a Venezuela se le llega a presentar nuevamente una situación como aquella, ¿cuál de las dos posiciones estarían ustedes dispuestos a respaldar?. ¿Se arrodillarían ustedes ante Monagas, o levantarían la frente digna para oponerse al autoritarismo?.

 



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