![]() |
|
![]() |
||||||||||||||
|
No me canso de decirlo. La historia tiene una terca tendencia a repetirse. En la actualidad vemos con horror como se están dando pasos agigantados para conducirnos hacia una dictadura legal. Esto no es nuevo. De hecho, ya nos ha ocurrido en numerosas oportunidades. El triste episodio de un presidente de la Asamblea Nacional convocando a título personal y de manera írrita una reunión de la Cámara en las escalinatas de El Calvario, pasará sin duda a la historia como una de sus páginas más negras. Vemos también con horror como a trocha y mocha el Gobierno quiere aprobar un conjunto de leyes que le faciliten el control total de la sociedad, ya que pareciera creer que esa es la única vía para evitar lo inevitable; es decir, que por vías constitucionales, el mandato del señor Presidente de la República sea revocado por el pueblo en un referéndum, tal como lo permite el Art. 72 de la Constitución Nacional. En el pasado, la figura del referendo revocatorio no existía. Esta figura novísima fue introducida por sugerencia del propio Presidente, cuando creía que se había ganado el favor eterno del pueblo. Que equivocado estaba. Lo que si contemplaban constituciones anteriores eran mecanismos para enjuiciar a los presidentes. De hecho, en el pasado reciente, cuando las instituciones democráticas aún funcionaban, Carlos Andrés Pérez fue depuesto constitucionalmente, lo cual el aceptó. Pero a lo largo de la histori, no todos los presidentes actuaron de esa manera. Veamos por ejemplo lo que ocurrió con José Tadeo Monagas, por allá en 1848. Para entender aquellos sucesos, los invito a trasladarnos a esa época. Por allá hacia el año de 1845, venía actuando uno de los mayores demagogos de nuestro pasado histórico. Me refiero desde luego a Antonio Leocadio Guzmán, quien se caracterizaba por una desmedida ambición de poder. Había sido el fundador del partido Liberal. Era además Guzmán un político perspicaz, un periodista agudo y un populista desaforado. Había fundado un periódico que se llamaba “El Venezolano”. Se hacía llamar “el segundo Libertador”. Sus escritos y sus discursos eran capaces de tensar las fibras más íntimas de los sectores más humildes, a quienes prometía un cambio tan radical en sus vidas, que despertó en ellos un fanatismo casi religioso, al extremo de que muchos reemplazaron en sus corazones el nombre de Cristo por el de Guzmán. Pero al fin y al cabo eso era lo que el más deseaba, porque era además un decidido enemigo de la iglesia. El odio de clases llegó a transformarse en una de sus armas favoritas. “Horror a la oligarquía” proclamaba sin cesar Antonio Leocadio Guzmán, y sus seguidores gritaban a su paso: “Viva Guzmán el segundo Libertador. Mueran los oligarcas”, a lo cual Guzmán respondía: “¡Oligarcas, temblad!”. ¡Que familiares nos suenan hoy en día esas frases¡. Más de ciento sesenta años han transcurrido desde aquellos sucesos y sin embargo, cuando el resto del mundo se apresta a enfrentar con vigor y optimismo los retos del Siglo XXI, aquí en nuestra propia patria, todavía existen dirigentes que son incapaces de comprender los desafíos de la modernidad. Pero volvamos a la historia misma. Los odios de clases que Antonio Leocadio Guzmán fue capaz de despertar, muy pronto sirvieron para inspirar a turbas enardecidas, que bajo la influencia del alcohol, comenzaron a cometer todo tipo de tropelías. Un ejemplo de tales acciones lo encontramos en la invasión que protagonizó el indio Rancel, uno de sus hombres, en contra de la hacienda Yuma, propiedad del doctor Quintero, quien había sido Ministro. Aquellos salvajes allanaron la propiedad y la emprendieron a machetazos contra personas y bienes. El octagenario suegro del Dr Quintero, que yacía enfermo en su cama, fue atacado con machetes por los forajidos, quienes después intentaron liquidar a las damas. Sin embargo, uno de los atacantes llamado Santos Rodríguez, lo impidió alegando: “No compañeros. A las mujeres no. Esas sirven para otra cosa”. Salvó también a un niño quien otro de los asaltantes se aprestaba a matar. Rodríguez se interpuso, afirmando: “Déjalo. Está muy chiquito. Hazlo que grite: ¡Viva Guzmán!”. Aquellos sucesos obligaron a Guzmán a esconderse. Pero su más enconado enemigo, el también periodista y tribuno, Juan Vicente González, se empeñó en atraparlo. Finalmente lo encuentra en Caracas, en una casa cerca de la esquina de Traposos. Acompañado por una patrulla allana el lugar y allí, arrodillado en un hueco y cubierto con cal y cenizas, encuentran a Guzmán. Este se entrega sin oponer ninguna resistencia. En el juicio que se le sigue, Guzmán fue condenado a muerte. Pero el destino habría de intervenir a su favor y antes de que se cumpla la sentencia, el Presidente José Tadeo Monagas le conmuta la pena por el destierro. Veamos lo que ocurrió: Mientras transcurría el juicio en contra de Antonio Leocadio Guzmán, se estaban celebrando las elecciones en Venezuela. Varios candidatos competían en aquellos comicios, entre ellos, el propio Guzmán. Sus principales adversarios eran José Tadeo Monagas y Bartolomé Salom. Gracias al apoyo de los conservadores , cuyo líder era el general José Antonio Páez, Monagas gana las elecciones y es elegido Presidente en 1846. Pero José Tadeo Monagas ocultaba sus verdaderas intenciones. No deseaba figurar ante la historia como un segundón frente a Páez. Así, muy pronto, empieza a evidenciar sus verdaderos designios. Se separa progresivamente de los conservadores y busca el apoyo de los liberales. Nada más conveniente para ello que conmutarle la pena a Antonio Leocadio Guzmán. A partir de aquel momento, los liberales llenos de júbilo, respaldan a Monagas sin condiciones. De hecho, no habrían de transcurrir muchos años, antes de que Monagas no sólo indulte a Guzmán, sino que incluso lo incorpora a su Gabinete como Ministro. Ya a finales 1847, los conservadores se convencen de que Monagas está dando los pasos necesarios para establecer una dictadura legal. El Presidente violaba descaradamente la Constitución y habría que juzgarlo y deponerlo por vías constitucionales. El Congreso se queja de que el Presidente se valía del ejército para sus propios fines políticos. Se le acusa de cercenar la autonomía de las Provincias y de designar altos funcionarios públicos sin ninguna capacidad ni mérito. Se le acusa de aumentar y manipular al ejército para sus fines personales y de remplazar a los oficiales de mayor capacidad, por otros cuyo único mérito era el de ser incondicionales del Presidente. Se le acusaba igualmente de no velar por el manejo de las rentas y de amparar a los corruptos. De hecho, en 1847 se produjo un escándalo al descubrirse un gran desfalco de más de 48.000 pesos en la Aduana de La Guaira. En fin, se acusaba a Monagas de actuar de manera autoritaria, violando la Constitución de la manera más descarada, retorciendo la interpretación de sus artículos para adaptarlos a las conveniencias de su Gobierno. Las circunstancias descritas eran las que imperaban cuando el 23 de enero de 1848 se instala el Congreso. El asunto de mayor importancia a tratar era el juicio contra el Presidente. La mayor preocupación eran las amenazas que surgían contra los parlamentarios producto del autoritarismo de Monagas. Para protegerse, el Congreso había aprobado la creación de una guardia, cuyo mando se le encomienda al coronel Guillermo Smith. Pero el Ejecutivo considera que el Congreso no estaba facultado para ello. El 24 de enero de 1848, se reúne nuevamente el Congreso. Caracas se había vuelto un hervidero de rumores. Todo el mundo sabía que el Congreso se disponía a deponer constitucionalmente al Presidente. El Gobernador de Caracas se presenta en el Congreso para pedirle a Smith que disuelva la guardia del Parlamento. Mientras tanto, los liberales han constituido cuerpos de voluntarios armados, suerte de círculos allegados al Presidente, que pasan de 4.000 hombres. Monagas convoca además al pueblo para que lo defienda. Las turbas se aglomeran a las puertas del Congreso. Al grito de “mueran los oligarcas”, la muchedumbre cada vez más enardecida, amenaza a los parlamentarios de la oposición. Bajo tales circunstancias, se presenta en el Congreso Tomás José Sanabria, Ministro del Interior, quien por cierto era un hombre honesto de convicciones liberales. Cuando se dispone a partir, el Vicepresidente de la Cámara, José María Rojas, le pide que permanezca en el recinto para que informen al Congreso en relación con las medidas adoptadas por el Ejecutivo para preservar el orden público y garantizar la seguridad del Poder Legislativo. Afuera se corre la voz de que Sanabria ha sido detenido. Los ánimos se enardecen. El mensaje de odio en contra de la oligarquía estaba dando sus frutos. Se dice que Monagas había dado instrucciones para que la turba invadiera el Congreso y atacara a los miembros de la oposición. Mientras tanto el parlamentario liberal Jerónimo Pompa distribuye cintas amarillas entre los miembros liberales de la Cámara. Muchos piensan que le había dado instrucciones a la muchedumbre de matar a los parlamentarios que no portaran aquel distintivo. La turba enfurecida decide forzar su entrada al Congreso. La Guardia del Parlamento, encabezada por el coronel Smith les impide la entrada. Se producen los primeros disparos y caen las primeras víctimas. Fuera del Congreso, un grupo corre a armarse al cuartel de donde incluso traen un cañón que colocan frente a las puertas del edificio. Los acompaña el Teniente Ibarra, afecto al Gobierno, quien junto con el representante liberal Jerónimo Pompa, dirige las operaciones. Dentro del recinto, Cristóbal Mendoza, del ala conservadora se dirige al Ministro del Interior y le dice; “¡Malvado!. ¡Este es el fruto de tus doctrinas!”. José María Rojas, vicepresidente de la Cámara baja, toma un puñal y amenaza a Sanabria, Ministro del Interior, a quien espeta: “Si los asesinos entran por la puerta, usted será la primera víctima”. Santos Michelena se interpone alegando: “No ensucie usted este salón con la sangre de un canalla”. Antonio José de Sucre, sobrino del Gran Mariscal de Ayacucho, amenaza también a Sanabria con una bayoneta. Todos corren por sus vidas. Afuera, los aguarda la muchedumbre rezumando odio contra la oligarquía conservadora. La turba envuelve a los parlamentarios que huyen y allí mismo mueren los Representantes José Antonio Salas, Juan García y Francisco Argote. Santos Michelena cae gravemente herido y muere poco después. Al concluir estos acontecimientos, los liberales se reúnen para celebrar su triunfo junto con el Presidente Monagas. Todos piensan que la confrontación armada en contra de los Conservadores encabezados por José Antonio Páez resultaba inevitable. Comienzan a preparase los planes bélicos. Sólo una figura permanece callada en medio de tanta algarabía. Se trata de Diego Bautista Urbaneja, Vicepresidente de la República. Monagas le pregunta su opinión, ante lo cual Urbaneja, que era un hombre prudente, le aconseja abandonar los planes de confrontación. “Hay que procurar por todos los medios posibles volver a reunir el Congreso para reanudar, siquiera en apariencia, el régimen constitucional”, aconseja Urbaneja. Siguiendo el consejo, Monagas le escribe a Páez pidiéndole que le ayude a “salvar la patria”. Al día siguiente, el 25 de enero, se empeña en juntar a los desperdigados miembros del Congreso. Muchos se encuentran asilados en Delegaciones Extranjeras. A Monagas, le resulta pues difícil reunir el quorum en la Cámara de Representantes. Valiéndose de lisonjas, amenazas y sobornos, el Presidente de la República logra finalmente su objetivo. Así, el 25 de enero de 1848, apenas un día después de los trágicos sucesos narrados, se vuelven a instalar las Cámaras del Congreso. La mayor parte de los parlamentarios Conservadores habían terminado pues por arrodillarse temerosos ante el todopoderoso Monagas. Sin embargo, una figura de talla pequeña pero de inmensa estatura moral, se enfrenta a Monagas. Se trata de Fermín Toro. Cuando tratan de forzarlo a que se incorpore a las reuniones del Congreso, levanta su voz firme para afirmar: “Decidle al general Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye”. Una vez más se reúnen los jerarcas liberales en casa de Monagas para regocijarse del triunfo que habían alcanzado. Esa noche, el Presidente pronuncia aquella cínica frase que pasaría a la historia: “La Constitución sirve para todo”. Que equivocado estaba Monagas. Había secuestrado los Poderes Públicos y en la práctica, había instaurado una dictadura legal, pero aquellas acciones terminarían por conducir a la patria a lo que quizás fue su mayor y más inútil tragedia histórica: la Guerra Federal. Un nombre funesto pasaría a ocupar el papel protagónico del conflicto: Ezequiel Zamora. Las hordas que acaudilló, asesinaron, saquearon, violaron mujeres, robaron, incendiaron ciudades, haciendas y campos, destruyeron todo a su paso y cometieron las más salvajes tropelías. Saber leer y escribir era causal más que suficiente para que aquellos vándalos asesinaran a cualquiera. Al concluir la guerra, había muerto casi el 20% de la población venezolana. El demonio bárbaro de la ignorancia había clavado sus garras en las entrañas de la patria. Tal era la irracionalidad y la furia de aquel caudillo sanguinario, que al final fue asesinado por una bala que provino de su propio bando, según se dice por órdenes de Antonio Guzmán Blanco. Increíblemente hoy se quiere reivindicar aquella figura, que por vergüenza nacional debería ser relegada al rincón más oscuro del olvido. Al revisar los acontecimientos antes descritos, uno no puede evitar pensar que la historia se está repitiendo. Las hordas oficialistas que rodean al Congreso y la decisión de convocar al Parlamento para reunirse en las escalinatas de El Calvario, violando descaradamente los reglamentos, evidencian que el Gobierno se ha quitado la careta. Su decisión no es otra que la de aprobar, a como de lugar, un conjunto de leyes, que de prosperar, hundirían una vez más a nuestra patria en la desgracia inaceptable de una dictadura legal.
|
|
||||||||||||||