EL FACISMO
José Toro Hardy
Hoy voy a referirme a un hombre de origen modesto,
que nació en un pequeño pueblo, hijo de una maestra, desordenado,
individualista, estudiante mediocre, de temperamento turbulento y agresivo,
anti-clerical, con fama de violento y revolucionario. También
era un resentido: así era aquel líder que habría
de provocar graves turbulencias en su país.
Pero veamos cómo surgió: Su país se hallaba sumido
en el caos. Los políticos y los partidos tradicionales habían
fracasado, así que la sociedad clamaba por un nuevo liderazgo.
La nación parecía ir de tumbo en tumbo, dando bandazos,
pero sin encontrar salidas a los problemas sociales que se venían
acumulando, lo cual generaba una pesada carga de frustraciones que ya
se hacía insoportable. Pero, los líderes tradicionales
no parecían dispuestos a ceder sus posiciones, y permanecían
fuertemente aferrados a los mecanismos del poder, que de todas maneras
se les escapaba de las manos, aunque ellos eran los únicos que
no se habían dado cuenta de que ya no controlaban la situación,
porque habían sido incapaces de aportar soluciones.
Y, como siempre ocurre, cuando menos se esperaba, de aquella sociedad
sumida en la frustración surgió de repente una figura,
que supo ocupar el vacío imperante y despertar la imaginación
de un amplio sector de la colectividad
¿De dónde venía aquella figura?: Desde el principio,
sus convicciones socialistas lo habían motivaron a buscar un
nicho desde el cual desarrollar aquellos pensamientos desordenados que
bullían en su cabeza. Se incorporó a un cuerpo élite
del ejército. Ante la grave situación que enfrentaba su
patria, había decidido conformar un movimiento que nació
una reunión celebrada con la asistencia de un grupo reducido
de combatientes, quienes juraron conformar una organización nacional,
que al margen del ámbito constitucional, defendiese los valores
e ideales nacionalistas de aquel grupo de combatientes que se creían
predestinados a darle un vuelco a la historia de su país. Pretendía
aquel movimiento capitalizar en favor propio la crisis económica,
social, política y moral que afectaba a aquella nación.
¿Qué defendía aquel movimiento?: El movimiento,
reivindicaba el espíritu revolucionario, defendía la abolición
del senado y propugnaba propuestas sociales y económicas avanzadas.
Pero, en conjunto, aquellas propuestas constituían un programa
incoherente, vago y demagógico, pero capaz sin embargo de captar
la imaginación de una sociedad frustrada.
Se trataba de un movimiento que había nacido bajo la necesidad
de acción y cuyos actos fueron precisamente marcados por la acción.
Falto de un verdadero cuerpo doctrinal, el movimiento se caracterizó,
en principio, por sus posiciones antidemocráticas y por la negatividad,
así como también por el recurso sistemático a la
agitación y a la violencia. Marchas, banderas, uso de prendas
de vestir de un color característico, estilo para-militar, adopción
de saludos y gestos violentos, pero sobre todo, exaltación del
líder.
¿Cómo era el líder de aquel movimiento?: El líder
era un hombre primitivo, de cultura limitada, aunque él mismo
creía que tenía una visión holística del
universo y se creía predestinado por los dioses. Apelaba constantemente
a un tipo de patriotismo primario, exaltando las figuras históricas
del pasado glorioso su país, pues de alguna manera, en su fuero
interno, parecía creer que era la reencarnación de alguna
de aquellas figuras que en el pasado habían trascendido y habían
sido capaces de marcar la pauta de una civilización. Era sin
embargo en la realidad, un hombre banal, inculto, narcisista, engreído,
desordenado, inmoral, oportunista, egoísta, carente de principios
y de ética, capaz de cualquier bajeza con tal de alcanzar sus
objetivos personales. Era también capaz de aprovecharse y utilizar
a cualquiera de sus seguidores mientras le resultase útil y después
desecharlo sin ningún remordimiento.
Pero también era lo que podríamos llamar un encantador
de serpientes. Sabía hipnotizar a las masas y podía ser
un hombre cautivador. Recurría a una retórica confusa
que era a la vez oportunista y revolucionaria. Medraba en el conflicto,
en la grave crisis económica, en los problemas sociales, en el
desempleo, la inflación, la inestabilidad monetaria y en los
demás males que afectaban a una nación, cuyos pobladores
estaban desesperados por encontrar un líder diferente, que pudiese
salvarlos de una situación que parecía no tener salidas.
Tenía una extraordinaria facilidad para conmover y apoderarse
de la voluntad de las masas. En interminables discursos llenos de populismo
y demagogia, sabía hacer vibrar las fibras más íntimas
de sus seguidores, apelando a sus más recónditos temores,
sembrando odios y divisiones, ofreciendo villas y castillas, convenciéndolos
de que la causa de sus miserias eran el liberalismo y el capitalismo,
ofreciendo que el Estado que él propugnaba sería capaz
de resolver todos los problemas y exaltando un sentimiento ultra nacionalista
en aquellas masas enardecidas por su discurso encendido.
Pero además de ese verbo encendido, una vez que llega al poder
se mantiene en el mismo valiéndose de la propaganda, ya sea en
su país o en el exterior. Era un maestro de la propaganda. Utiliza
los medios de comunicación para construir la ilusión de
una nueva patria.
Conformó un gobierno centralizado, ineficiente y corrupto. Lo
anterior, aunado a los permanentes abusos del poder, lo condujeron eventualmente
a un enfrentamiento con los medios de comunicación de su país,
a los cuales confrontó y destruyó, acabando así
con la democracia, que en realidad había utilizado para llegar
al poder, pero que siempre había despreciado.
El líder, se convierte así en un dictador.
Por supuesto, a pesar de que muchos mal pensados pudieran creer que
estoy hablando de un personaje bien conocido en Venezuela, en realidad
me estoy refiriendo a Benito Mussolini, el fundador del Facismo en Italia.
Nació Mussolini en 1883 en la aldea de Predappio. Durante su
juventud llevó una vida desordenada y anárquica y adoptó
posiciones vinculadas con la extrema izquierda. En 1907 fue arrestado
por actividades subversivas y calificado por la policía como
un sujeto peligroso y anarquista.
Fue nombrado director de Avanti, el principal periódico del Partido
Socialista Italiano. Durante la I Guerra Mundial sirvió como
“bersagliero”, esto es, en las tropas elites del ejército
italiano.
Su actividad como militar durante aquel conflicto, le sirvió
para completar su bagaje ideológico, añadiendo a su mentalidad
combativa y aventurera, lo que aparentaba ser un ardiente sentimiento
patriótico. Así, la acción violenta y la exaltación
nacionalista pasaron a formar dos de los elementos fundamentales del
facismo.
El 23 de marzo de 1919 un reducido grupo de combatientes se reúnen
en la plaza del Santo Sepulcro en Milán. Allí deciden
conformar lo que se denominó los Facios Italianos de Combate,
dando así origen al Movimiento Facista.
A partir de aquel momento, el facismo se impone recurriendo a la violencia
sistemática. Carente de un verdadero cuerpo doctrinal, el facismo
recurre sistemáticamente a la agitación callejera y a
la intimidación. Utiliza un estilo para-militar. Marchas, banderas,
slogans movilización de efectivos y de masas, uniformes y camisas
negras, adopción del saludo romano y de gestos violentos. Se
transforma en un movimiento anti-liberal, autoritario, anti-capitalista,
anti-comunista, ultranacionalista y violento. Formó milicias
fascistas armados con las cuales aterrorizaban a quienes se le oponían.
A la vez, Mussolini exacerbaba las masas con discursos encendidos. Utilizaba
una retórica confusa, en la cual combinaba hábilmente
la exaltación patriótica con el populismo más descarado.
Su demagogia era capaz de hipnotizar a las masas, que se rendían
embelesadas ante aquel líder que era capaz de captar la imaginación
de los sectores más populares. Pero a la vez, hacía creer
a los grupos liberales que aquellos discursos no eran más que
una actuación para calmar los ánimos de una población
que estaba a punto de estallar y producir graves confrontaciones sociales.
Mussolini atacaba también duramente a los sindicatos y a los
socialistas. La razón era clara: veía en ellos a unos
competidores políticos a los que había que destruir. Eso
hacía creer a algunos sectores de la derecha itliana, que podía
ser utilizado como un instrumento para alcanzar los fines que convenían
a los más poderosos grupos de la economía. A la vez, ante
el grave deterioro de la situación, esos sectores percibieron
al facismo como una fuerza organizada, capaz de enrumbar nuevamente
al país. Por esta vía, obtiene un número cada vez
mayor de adeptos entre empresarios industriales y agrícolas,
así como también en una clase media empobrecida que llegó
a ver en él una esperanza. También obtuvo, al menos al
principio, el apoyo de los liberales en el parlamento.
El 24 de octubre de 1922, reunidos en el Hotel Vesubio en Nápoles,
los fascistas deciden iniciar lo que denominaron la Marcha sobre Roma.
El Presidente del Consejo le pide a Vittorio Emanuelle III que decrete
el estado de emergencia para evitar el asedio a la capital, pero el
rey se niega. El 28 de ese mismo día el Rey decide encargarle
a Mussolini que forme gobierno.
En las elecciones de 1924, los fascistas controlan el Congreso. Mussolini
gana esas elecciones con un 64% de los votos y, valiéndose de
la mayoría parlamentaria, inicia la destrucción, desde
adentro mismo, de todas las instituciones del estado democrático
italiano. A partir de ese momento, el viejo Estado Liberal quedó
liquidado. Procede entonces en Duce a modificar el sistema electoral,
de forma de garantizarse los mecanismos a través de los cuales
fue capaz de concentrar todos los poderes en sus propias manos. Finalmente
la dictadura de Mussolini queda legalizada el 24 de noviembre de 1925.
Con la sola excepción del partido Fascista, todos los demás
partidos fueron finalmente ilegalizados.
Adicionalmente, se creó un tribunal especial para castigar los
delitos políticos y se fortaleció la milicia, que se transformó
en un ejército del partido, en oposición al ejército
regular. Los líderes de la oposición, que estaban siendo
atacados de manera violenta en las llamadas “expediciones de castigo”
que en su contra realizaban aquellas milicias armadas de Mussolini,
emprendieron el camino del exilio, con lo cual el facismo quedó
en libertad de acción. Por cierto, mientras se producían
las famosas “expediciones de castigo”, la policía
y las fuerzas regulares se hacían la vista gorda.
Destruida la oposición y también las instituciones, Italia
se convierte al facismo. Para facilitar el proceso, el “Duce”,
recurre a sindicatos organizados por el partido y a organizaciones juveniles,
pero sobre todo, al culto a su personalidad. A la vez, se destruye toda
autonomía regional, ya que Mussolini necesitaba centralizar todo
el poder. También queda abolido el derecho a la huelga y el gobierno
pasa a ejercer un férreo control de las actividades económicas.
Mussolini dedica buena parte de su tiempo a la propaganda., tanto en
Italia como en el exterior. La prensa, la radio e incluso las escuelas,
comienzan a ser severamente censuradas y supervisadas, en un intento
por convencer a los italianos de que el facismo era la más importante
doctrina del siglo XX y que estaba llamada a reemplazar a la democracia.
Bajo su dictadura, el parlamento a todos los fines prácticos
fue abolido, ya que en realidad no hacía otra cosa que refrendar
todo lo que el Duce deseaba. Leyes y códigos fueron adaptados
también a las conveniencias del facismo. Con el tiempo, todos
los maestros, tanto en escuelas como en universidades, fueron obligados
a realizar un juramento de defensa del facismo y de sus principios y
enseñanzas.
Los medios de comunicación fueron severamente censurados, y cerrados
aquellos que no acataron los deseos del Duce, a la vez que fueron encarcelados
los periodistas y editores opositores del régimen. En adelante,
los editores de los periódicos fueron personalmente escogidos
por Mussolini en persona, en tanto que el periodismo no podía
ser practicado por quien no dispusiese de un certificado de aprobación
emitido por el partido Fascista.
A las asociaciones de comerciantes se les suprimió toda independencia
y quedaron supeditadas a lo que se denominó el sistema corporativo,
que al igual que las asociaciones de profesionales, quedaron bajo el
control gubernamental. A partir de 1930, todas las industrias pasaron
también a estar rígidamente controladas por el Estado.
Aquellas profundas transformaciones del sistema de vida en Italia se
producían, propiciadas por un bien diseñado esquema de
propaganda oficial, que de manera grotesca exaltaba el genio del “Duce”.
Mussolini, se le decía a la población, siempre tiene la
razón. Pasa a ser el único capaz de interpretar el destino
de la patria. Todos los poderes del estado se rinden ante la superioridad
del Duce y quedan supeditados a su voluntad. El pueblo también
le rinde pleitesía como si se tratase de un semidios. Italia,
se había convertido en un estado policial.
Pero veamos en que consistía el facismo. En realidad, no era
una doctrina ni disponía de un programa elaborado. Era más
bien una fórmula para ganar y retener el poder mediante la acción,
sin importar los métodos que se utilizaran, con tal de alcanzar
el objetivo. Los temas programáticos quedaban siempre subordinados
al objetivo de la conquista y la conservación del poder.
Desde sus orígenes, el facismo promueve una actitud mental que
exalta el espíritu combativo y promueve también la obediencia
ciega al líder, Se caracterizaba por una actitud que rechazaba
cualquier motivación ética, a las que consideraban como
debilidades dañinas, que afectaban la voluntad. Tenía
un abierto desprecio por las instituciones parlamentarias y en general
por el gobierno democrático y sus instituciones. A pesar de ello,
siempre se guardaban las apariencias de legalidad. A pesar de su desprecio
por la democracia, el Facismo siempre se valió de las ventajas
que se derivaban de las instituciones democráticas, para destruir
desde adentro a la democracia misma y también a sus instituciones.
“Creer, obedecer y combatir” era el lema del facismo.
Para entender el facismo, hay que leer a Nicolás Machiavelli,
escritor que vivió entre 1429 y 1527. Fue el primer intelectual
que abandona la tradicional actitud de acercamiento moral a la política,
enfatizando que el objetivo de la misma debía ser el control
absoluto y puro del poder. En su famosa obra “El Príncipe”,
Machivelli consideraba que por razones de estado, estaba plenamente
justificado que el gobernante recurriera a la fuerza y la rudeza, así
como a la manipulación del pueblo y del ejército.
En su artículo “La Doctrina de Facismo”, publicado
en 1932 en la Enciclopedia Italiana, Mussolini indica con toda claridad
los objetivos del facismo: “Nuestro programa es simple. Queremos
gobernar a Italia. Se nos pregunta cuáles son nuestros programas,
pero ya hay muchos. No son programas los que se requieren para salvar
a Italia, sino hombres y voluntad de poder”.
Para Mussolini, cualquier consideración teórica quedaba
supeditada a lo que el denominaba “la inexorable dinámica
de los hechos”. Insistía en que el papel del líder
era dominar la dinámica de los hechos. La “lógica
de hierro” de la naturaleza haría que el más fuerte
prevaleciera sobre el más débil. Según la lógica
del facismo, la historia no es más que una lucha incesante y
por lo tanto la lucha misma debe ser bienvenida, porque acelera la evolución
tecnológica y la transforma en la fuerza pragmática que
promueve el desarrollo social.
El lenguaje y los discursos de Mussolini siempre eran violentos, porque
en sus propias palabras, “el conflicto era para el hombre, lo
que la maternidad era para la mujer”. “Yo no creo en la
paz perpetua”, decía, “no sólo porque la encuentro
deprimente, sino porque además es la negación de todas
las virtudes fundamentales del hombre”.
El facismo, surge como una reacción a la situación en
que había quedado Italia al finalizar la I Guerra Mundial. El
caos y el desorden social imperante exigían la presencia de gobiernos
fuertes que pudiesen restituir el orden social. Situaciones similares
ocurrían en toda Europa. Movimiento similares existían
en otros países europeos. Sin embargo, el facismo parece haber
sido el precursor de la Falange española y del movimiento Nazi
en Alemania.
El facismo, siempre han sido criticado por los socialistas y marxistas.
Tales críticas obedecen a una lógica absoluta. En la práctica
tanto el facismo como las expresiones absolutas del socialismo y el
comunismo son sistemas políticos totalitarios, donde el Estado
pasa a desempeñar un rol exhaustivamente controlador, donde el
centralismo es el denominador común, donde el militarismo se
transforma en la base de sustentación de la élite gobernante
y donde las necesidades individuales del ciudadano quedan totalmente
supeditadas y pasan a ser absolutamente secundarias frente a las prioridades
del Estado. A la vez, el Estado se erige en el amo absoluto de la economía.
Otro denominador común de esos sistemas, es la pérdida
de la libertad de los ciudadanos, incluyendo la libertad de expresión,
que en los tres casos queda severamente censurada por el Estado. También
es común a los tres sistemas el culto a la personalidad del líder,
a quien se erige en un semi dios omnipotente, que se transforma en el
amo y señor de la nación y de sus habitantes. Adicionalmente,
en esos tres sistemas el uso de la población, a la cual convierten
en una masa amorfa, sin voluntad propia, adquiere enorme relevancia
política. Sin embargo, se suprime y condena cualquier expresión
política que no se ajuste plenamente a los lineamientos trazados
por el líder.
Ahora bien, precisamente porque los tres sistemas competían por
apoderarse del control de las masas, el facismo se transformó
en el enemigo mortal del socialismo y el comunismo. Cualquiera que de
una forma u otra se enfrente a los designios controladores de socialistas
y marxistas, automáticamente es acusado por ellos de fascista
Yo debo confesar que en el fondo, en mi opinión existe una diferencia
bastante difusa entre los tres sistemas. Como ya dije, los tres propician
estados totalitarios y policiales, aunque el más relevante denominador
común es que los tres son enemigos mortales de la democracia.
Por todo lo anterior, y para situarnos ahora en la realidad actual de
Venezuela, a mi me resulta profundamente irónico cada vez que
escucho al oficialismo acusar de fascistas a los opositores del régimen.
Realmente, al revisar la historia de Benito Mussolini, lo primero que
salta a la vista es la enorme cantidad de situaciones comunes que lo
identifican con el máximo líder de la revolución
que hoy pretenden imponernos en el país.
Los dos son de origen humilde, los dos nacieron en pequeños pueblos,
los dos son hijos de maestras, los dos son de carácter violento,
los dos coquetearon con el socialismo, los dos formaron parte de cuerpos
elites en el ejército de sus respectivos países, los dos
usaron las instituciones democráticas para llegar al poder y
después destruir desde adentro esas mismas instituciones, los
dos recurrieron al uso de grupos civiles armados para intimidar a sus
opositores, los dos recurrieron a la demagogia y al populismo más
desenfrenado, los dos encabezaron gobiernos centralistas y empobrecedores,
los dos usaron la propaganda para propiciar el culto a su propia personalidad,
los dos trataron de limitar la libertad de expresión, los dos
recurrieron a gestos violentos para dominar a las masas, los dos pretenden
uniformar a sus seguidores con vestimentas de un color determinado,
los dos pretendieron perpetuarse en el poder, los dos adecuaron las
legislaciones de su país para adaptarlos a las conveniencias
de sus respectivas organizaciones políticas, los dos pretendieron
crear milicias armadas para oponerlas a los ejércitos regulares,
los dos carecieron de un cuerpo doctrinario, los tuvieron como programa
el simple hecho de llegar al poder y después conservarlo por
cualquier medio, los dos llevaron a sus respectivas naciones a crisis
de graves proporciones.
En fin, la lista de coincidencias es tan abultada, que me resulta imposible
señalarlas todas, dadas las limitaciones de tiempo del este programa.
Sin embargo, me resulta irónico cada vez que escucho al líder
de nuestra revolución tropical acusar de fascistas a sus opositores.
Quien quiera que tenga el más leve conocimiento de la historia
y de las doctrinas políticas, no le quedará otro recurso
que aceptar que en Venezuela el oficialismo es la viva encarnación
del facismo.
Sin embargo, dada la ensalada mental que caracteriza a los seguidores
del oficialismo, probablemente ellos mismos no han notado que son simplemente
unos fascistas. Lo que pasa es que como a la vez se sienten sentimentalmente
identificados con el socialismo, recurren a la sempiterna táctica
de los seguidores de esta última corriente de acusar de fascistas
a todos los que se oponen a sus designios.
En todo caso, fascistas o socialistas, a todos los efectos prácticos
el oficialismo está llevando a Venezuela por el camino del empobrecimiento
más radical. Esas masas a las cuales ellos engañan con
tanto desparpajo serán las mayores víctimas de su acción.
Son los pobres quienes más se están empobreciendo.
Pero finalmente, nada hay más fácil de controlar que un
pueblo hambriento. Basta con someterlo a los rigores de un racionamiento,
para que se plieguen sumisamente a los designios del líder supremo.
Si no, pregúntenselo a Fidel Castro.
En Cuba, todos los cubanos cuentan con una libreta de racionamiento.
El riesgo de no tener acceso a la misma, equivale al riesgo de morir
de hambre. Bajo tales condiciones, son muy pocos los que se atreven
a oponerse al régimen.